jueves, 6 de noviembre de 2025

¿Se pierde la salvación al dividir la iglesia? Lo que dice la Biblia sobre el cisma y la comunión


A lo largo de la historia de la iglesia, las divisiones han sido una triste realidad. A veces surgen por diferencias doctrinales; otras, por conflictos personales, ambiciones o heridas no sanadas.

Pero una pregunta persiste en el corazón de muchos creyentes: ¿puede alguien que causa división en la iglesia seguir siendo salvo?

La Biblia no trata la unidad del cuerpo de Cristo como un tema secundario. Al contrario, la presenta como un reflejo del carácter de Dios y una evidencia del verdadero discipulado. Sin embargo, también reconoce que no toda separación es pecado, ni toda permanencia garantiza salvación. ¿Dónde está la línea? ¿Qué dice realmente la Escritura?

La advertencia clara contra el cisma

La Palabra de Dios condena con firmeza las divisiones impulsadas por el orgullo, la contención o intereses personales. El apóstol Pablo es contundente al escribir:

“Os ruego, hermanos, que os guardéis de los que causan disensiones y tropiezos en contra de la doctrina que habéis aprendido; apartaos de ellos. Porque los tales no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres; y con suaves palabras y halagos engañan los corazones de los sencillos.”
Romanos 16:17–18

Estas no son advertencias contra el desacuerdo razonable, sino contra quienes siembran discordia para promover sus propias agendas. Su objetivo no es la edificación del cuerpo, sino la exaltación de sí mismos.

De manera similar, en Tito 3:10–11, se instruye:

“Al hombre que causa divisiones, después de una y otra amonestación, deséchalo, sabiendo que el tal peca, se ha pervertido y está condenado por su propio juicio.”

La palabra traducida como “que causa divisiones” proviene del griego hairetikos, de donde también viene “hereje”. Aquí no se refiere solo a errores doctrinales, sino a una actitud sectaria que rompe la comunión sin justa causa, revelando un corazón endurecido.

¿Quiere decir esto que todo el que se va está perdido?

No necesariamente. La Escritura hace una distinción crucial entre abandonar la fe y reorganizarse en la fidelidad.

1 Juan 2:19 aclara:

“Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros…”

Este versículo habla de quienes revelan por su salida que nunca pertenecieron verdaderamente a Cristo. Son apóstatas, no hermanos heridos o en desacuerdo.

Pero la Biblia también muestra casos donde los siervos de Dios se separaron sin caer en pecado. Por ejemplo, Pablo y Bernabé tuvieron una fuerte desavenencia y decidieron trabajar por caminos distintos (Hechos 15:39). No hubo censura apostólica posterior; ambos continuaron sirviendo con fruto.

Además, en contextos de corrupción espiritual o doctrinal, las Escrituras animan a apartarse con discernimiento:

“Salid de en medio de ellos, y apartaos —dice el Señor—, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré.”
2 Corintios 6:17

Por tanto, el motivo y la manera en que se produce una separación son decisivos.

La unidad no depende de una estructura, sino de Cristo

Jesús oró por sus discípulos:

“Que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros…”
Juan 17:21

Esta unidad no es organizacional, sino espiritual. No se basa en pertenecer a la misma denominación, sino en compartir la misma fe en Cristo, el mismo Espíritu y el mismo amor.

Por eso, una persona puede estar físicamente separada de una congregación, pero espiritualmente unida a Cristo y a su cuerpo universal. Y, al revés, alguien puede asistir fielmente a una iglesia mientras su corazón está en contienda, celos y amargura (Santiago 3:14–16).

Examina tu corazón, no solo tu ubicación

La salvación no depende de cuál puerta cruzas el domingo, sino de con quién caminas cada día. Dios no condena a quienes, con humildad y amor, buscan fidelidad al evangelio, incluso si eso implica reorganizar su vida eclesial. Pero sí juzga con severidad a quienes usan el nombre de Cristo para dividir, manipular o exaltarse.

Antes de juzgar a otros, preguntémonos:

  • ¿Mi deseo es glorificar a Cristo o defender mi postura?
  • ¿Edifico o siembro sospecha?
  • ¿Mi separación (o mi permanencia) nace del amor o del resentimiento?

La iglesia no es perfecta, pero Cristo sí lo es. Y Él es quien, en su misericordia, une lo que el pecado ha roto.

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